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6 de November de 2025

Donde vuelve a latir el alma

Sebastián Montiel nos hace parte de su historia con Patagonia Run, de ese sueño de cinco años que lo llevó por distintos estados anímicos durante su preparación hasta ese abrazo bajo el arco de llegada.

Soñé con correr Patagonia Run durante cinco años. A veces lo hacía despierto,
imaginando el cruce de meta. Otras, mientras entrenaba solo en la montaña,
visualizando cada tramo del recorrido. Era un sueño que me acompañaba
siempre, como un eco suave pero persistente.

Pero cuando llegó el momento de prepararla, algo en mí se quebró. Pasé por un
bajón emocional que me dejó sin ganas, sin fuerza y, lo peor, sin rumbo. Dejé de
entrenar. Dejé de creer que era posible. Me sentía ajeno a mí mismo, como si
me hubiera perdido.

Entonces pedí ayuda, primero con un Psicólogo y luego con un coach deportivo.
Y con esta ayuda llego la claridad: no podía abandonar un sueño tan profundo.
No quería hacerlo. Desde el 5 de marzo, con el cierre de temporada en
Huemules, mi lugar de trabajo durante 5 meses en una montaña ubicada a 24km
de la ciudad de Esquel, volví a enfocarme. Esta vez con más intención que
nunca. Me propuse un objetivo claro: correr los 70 km en 8 horas y 30 minutos,
como lo había hecho mi referente, Sergio Trecaman. Estudié sus parciales,
analicé el recorrido, y con cada entrenamiento fui reconstruyendo no solo mi
físico, sino mi ánimo. Entrené con amigos. Reímos, sufrimos, exploramos. Me
nutrí de cada salida, de cada anécdota, de cada sendero. Volví a correr con
alegría. A confiar.

Llegó el día. Y largué sin nervios, con una calma nueva, como si la montaña me
estuviera esperando. Desde el primer kilómetro hasta el 35, disfruté. Sentía que
flotaba. Iba fuerte, con confianza, pero también con una sonrisa. Cada paso era
un regalo. Sentía que estaba exactamente donde quería estar.

Pero a partir del 35, la carrera cambió. Empezaron los calambres, primero en las
piernas, después en los brazos. Sabía que quedaba más de la mitad del
recorrido. Respiré. Me concentré. Y algo hermoso pasó en cada pass donde
llegaba, me sentía recargado. La gente de la organización no dejaba detalle sin
cubrir. Sus palabras, sus sonrisas, su energía… me devolvían la mía. Era como
si cada puesto fuera un refugio de fuerza.

Así fui avanzando. En silencio, agradecido, empujado por lo entrenado, por mi
familia, por los días grises que había logrado dejar atrás.

Hasta que llegué al kilómetro 68.

Ahí lo escuché: el locutor. Sentí la música, el público, la vibración. Estaba ahí, a
pocos kilometros de cumplir el sueño. Y aunque el cuerpo ya estaba exhausto,
saqué fuerza de lo invisible. No sé de dónde. Pero avancé más fuerte, con
lágrimas en los ojos, con el nudo en la garganta. Porque eso no era solo una
llegada. Era una victoria interna.

A falta de un kilómetro, pasé a un corredor de mi categoría. Me colocaba tercero
y sexto en la general. No lo podía creer. Pero lo más increíble fue lo que vino
después.

Al ingreso de la avenida San Martín, vi delante de mí a Sergio Trecaman, que
venía de completar las 100 millas. Mi referente. Miré mi reloj. Estaba por debajo
de las 8h30. Lo alcancé. Y cruzamos juntos. Ese abrazo fue un símbolo: del
esfuerzo, del renacimiento, de lo que creí imposible y se volvió real.

Patagonia Run fue mucho más que una carrera. Fue mi lugar de regreso. Mi
forma de decir: estoy acá. Todavía respiro. Todavía sueño. Todavía corro.