Mi Historia en Patagonia Run
Marcela Lagos es una habitué de Patagonia Run. Su historia con la carrera es muy fuerte, y este año se animó a abrirla al mundo en nuestro concurso “Historias que Laten”. Fue la ganadora del concurso y este es su relato.
Venir de un hogar roto no te impide llegar al éxito. Forja tu voluntad, tu resiliencia, para que en algún momento logres ver dónde estás y puedas tomar las riendas de tu vida y elegir hacia dónde querés ir. Mi momento fue en abril de 2013, cuando mi marido tuvo la espectacular idea de invitarme a Patagonia Run, a dar el primer paso con los 21 km, un objetivo muy osado para mí que corría hace 3 meses solamente, pero que dejó plasmada la sensación de que lo que me propusiera, lo iba a lograr.
Ese día, metida en el túnel oscuro de mi vida cargada de abandono, traumas, tristeza y soledad, vi la luz después de mucho tiempo. Descubrí que era corredora de montaña, que amaba serlo y sin saberlo emprendí este espectacular camino en el que me transformé en quien realmente elijo ser, con cada distancia que me propuse llevar a cabo. Para estos desafíos, elegí Patagonia Run, porque siempre me sentí cuidada. Me vio nacer como corredora, convertirme en maratonista y, cuando el corazón me lo pidió, en ultramaratonista con los 70 km en 2019.
Ese ultra fue el detonante que necesitaba para destruir aquel túnel, para terminar de romper lo que ya nació roto en mí, para empezar a entender que no era cierto que no soy suficiente, que también valgo por el simple hecho de existir. Fue tan difícil la carrera para mí que, al llegar, sentí que el mundo se quebró bajo mis pies y caí de rodillas, abatida, para fundirme en ese abrazo con mis hijos que va a quedar guardado en mi corazón para siempre. Llegué vacía, al fin, porque solo así podía volver a llenarme con lo que realmente soy: una mujer resiliente, una luchadora, en busca de mí mejor versión. Acepté que, desde el momento cero, mi destino siempre fue subir montañas. Era muy buena en eso; tenía constancia y perseverancia, y no hablo solo del trail running.
Empecé a unir ese mundo resquebrajado bajo mis pies con los 110km en el 2022, donde realmente entendí de qué estaba hecha y de que nada me detenía, aunque no entendiera de dónde venía la fuerza que me empujaba a dar un paso a la vez, siempre hacia adelante. Cuando volví en 2024 para correr los 110 km por segunda vez, realmente sentí cómo todo fluía. El túnel se había transformado en un río intenso que me hizo vivir una de las ediciones más emocionantes e inolvidables de la Patagonia Run, en la que logré llegar 5ta en la general femenina y un podio en mí categoría, algo que jamás pensé que pasaría. Puedo decir con certeza que la gratitud es una energía poderosa, ya que después de años reprochando a la vida tantas cosas tristes, difíciles, dolorosas que me tocó vivir, hasta enojada con Dios por momentos, en esa carrera elegí agradecer todo lo que pasaba, lo bueno, lo malo, y todo se me devolvió multiplicado. Ese día, Dios me mostró que nunca estuve sola, que solo tenía que abrir los ojos y permitirme vivir, sin perder de vista lo realmente importante, y que siempre fui suficiente.
Pero con los triunfos también vino la necesidad de no perderse, y en la vorágine me perdí. La lesión se hizo presente para ponerme el freno de mano y forzarme a pensar nuevamente qué estaba haciendo, a preguntarme por qué corría. Ese momento me encontró justo cuando había decidido dar el siguiente paso: encarar las 100 millas en 2025, un objetivo que deseaba inmensamente. Parecía una ironía. La frustración me invadió con la pregunta en mi mente de por qué siempre era todo cuesta arriba, por qué si todo iba bien, de pronto todo se me escapaba de las manos. La respuesta era clara: nací para superar desafíos, para trepar hasta la cima. Lo hago desde siempre, porque mi vida no fue fácil. Y aunque me rompió en mil pedazos, nunca bajé los brazos; no sabía cómo hacerlo. Tenía la constancia y la fuerza para seguir adelante.
Así que este 2025 me paré en esa largada que soñé durante años, junto a otros guerreros que llevaban sus propias luchas en la mochila, a quienes yo llamo supervivientes, porque los que nos animamos a un ultra venimos de caminos muy difíciles. Llorando de emoción por lograr estar ahí, me aventuré en una de las carreras más intensas, duras e increíbles que viví. Ahí descubrí, una vez más, que hay algo dentro de mí que no me deja rendirme a pesar de cualquier cosa. No me sale, no nací para eso. Y, como me lo propuse, crucé la meta de las 100 millas.
Pero esta vez no sentí que se rompía el mundo bajo mis pies, porque en esa llegada me esperaba la Marce que siempre soñé ser, a quien siempre necesité, esa versión de mí que no mira de dónde vengo, sino hacia dónde voy. Me abracé muy fuerte, tratando de unir todos esos pedazos de mí que se fueron cayendo durante estos 40 años de vida, porque estoy muy orgullosa de quién soy y muy agradecida con Patagonia Run, ya que gracias a esos primeros 21 km descubrí que correr es mi gran pasión, es mi forma de sanar, de amarme, de darle un ejemplo de vida a mis hijos y que lo quiero hacer hasta el fin de mis días.

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